Es curioso como avanza nuestra necesidad a medida que vamos creciendo, ayer me conformaba con un simple sello de unos labios, y hoy, después de intimar con alguien que encima apenas conozco, sólo se me ocurre encender un cigarrillo.
Tan sólo era un crío cuando una chica empezó a gustarme. Por supuesto, no era una atracción sexual. Yo tenía cinco o seis años, comenzaba el colegio y nunca había ido a la guardería.
No sé si era guapa, eso no era lo que me hechizaba. No soy capaz de entender por qué sentía algo especial en mi interior cuando la veía o pensaba en ella, ni por qué me imaginaba como lo mejor del mundo la imagen de nosotros jugando con la arena y, de pronto, un beso fugaz de nuestros labios encontrados, una caricia que para mí ahora carece de valor.
Fui creciendo y descubriéndome a mí mismo, llegué a los catorce y no era precisamente los ojos de las chicas lo que yo miraba. El deseo despertaba, y pronto una de aquellas me enseñó que con el mismo órgano muscular con el que hablaba podía hacer muchas otras cosas.
Y así fui creciendo, no buscaba amor, buscaba la diversión y el entretenimiento que aquellas bocas y aquellas ropas cortas y ajustadas me proporcionaban. Llegué a los dieciséis años y empecé a necesitar más, pero ninguna estaba dispuesta a darme lo que quería.
Así llegué a los roces, a las caricias íntimas, a disfrutar como nunca, a sentirme bien. Pero más pronto que tarde llegó el siguiente paso.
Diecisiete años, yo seguía sin enamorarme. Otra chica mayor que yo me enseñó los secretos que yo hasta el momento no había probado.
Fue así como descubrí que mi tesoro de ahí abajo como mejor estaba era escondido en la cueva del placer. Fui experimentando más y más, y ahora estoy medio vacío. Sé que todavía me falta una fase que logrará calmarme y llenarme, pero lo que no sé es cuándo llegará. Dicen que es lo más bonito del mundo, y que, como he comprobado, nunca sabes cuando puede aterrizar. Dicen que cuando estás enamorado el tiempo se para, y que lo único que quieres es empezar desde la primera fase con esa persona. No quieres correr, no tienes prisas, quieres ir despacio.
Te sientes como ese niño que ahora vuelves a ser, con esa extraña sensación en el estómago.
Despacio.Nunca es demasiado tarde, nunca un texto es demasiado largo, nunca hay demasiada prisa.Encuentra el olor, el sabor, la imagen. Encuentra el mensaje.Escribo mi película, tú lees mis líneas y ves la tuya.
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viernes, 8 de junio de 2012
viernes, 1 de junio de 2012
A la velocidad de la luz.
Tras unos segundos el árabe está registrado en mi mente.
Abro los ojos y practico este nuevo registro. Ya tengo doce. Alemán, chino,
coreano, ucraniano, finlandés, árabe, francés, danés, húngaro… Son los pequeños
tesoros que guardo en mi mente. El mecanismo es fácil: tras un breve silencio
en el que la tecnología interviene, todo está en mi cabeza. Es por esto por lo
que sé todo lo que sé, por lo que sé todo lo que quiero saber. Es cómodo tener
todo lo que quieres, toda la información que necesitas. Mi abuela siempre
refunfuña ante estos nuevos métodos tan habituales, y me cuenta historias que
me hacen valorar lo que ahora sucede. No soy capaz de imaginarme lo que, como
ella dice, es ‘hincar los codos’ y ponerse a aprender de verdad. Cada vez que tiene
la oportunidad, con su voz desgastada por la edad y su mal humor casi
permanente, me dice que a mis diecisiete años ella hacía esfuerzos que yo jamás
llegaré a conocer. Sé que tiene razón. Ahora ya no vamos a la escuela, cuando
tienes quince años decides en qué quieres trabajar, decides lo que quieres ser.
No hace falta que estés seguro de tu decisión, pues lo habitual es cambiar más
de tres veces a lo largo de tu vida laboral. Te acercas al lugar mágico, y
allí, tras una suma de dinero que debes pagar, te añaden los conocimientos que
desees. Yo, tras dos años traduciendo libros de un idioma a otro, he cambiado y
ahora quiero ser bióloga marina. En media hora tendré en mi mente todo lo que
tiene que tener una bióloga. Pero el problema está en encontrar el trabajo, el
método por el cual te devuelvan todo el dinero y más del que te has gastado. Y
eso es lo difícil. Si todos los que tenemos dinero lo sabemos todo, y los que
no tienen dinero no saben nada, esto se va a pique, todos lo notamos. Los ricos
somos cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. ¿Y qué vamos a hacer
en contra de esto? ¿’Hincar los codos’? Simplemente, la tecnología avanzada no nos hace avanzar tanto como al principio pueda parecer.
viernes, 25 de mayo de 2012
Demasiado humano para dejar de ser.
Un día te salta a la vista cualquier rubio de ojos azules y
no te olvidas. Te entra por los ojos y de tu retina, ya no sale. Y ya lo dice
ella misma: retiene. Retiene que te has encaprichado de una imagen que ojalá no
hubieses visto. Cualquier pensamiento hace que vuelvas a pensar en lo mismo, y
en lo mismo otra vez. Es un sentimiento de tristeza y agonía, por múltiples
razones. Porque no es para ti, porque no lo volverás a ver, porque no eres
suficiente. Quizás. Hay que arriesgar para ganar, pero tienes razón que quién
te lo dice no sabe nada. No sé nada.
Ni si quiera estás perdiendo el tiempo por
una persona. Sólo por una imagen, por un físico sin mérito. Vuelve con eso tuyo
que de tonterías ya tenemos suficiente. ‘Ego sum lux mundi’, recuerda. ¡Piensa
con la cabeza y deja de mover los pies!
Es el instinto humano, que a veces tiende a desvariar. Y tú con tanta mierda, estás hormonando demasiado.
viernes, 27 de abril de 2012
Sólo tú puedes mandarlos a la mierda.
Increíble como a veces superamos nuestros miedos sin hacer
un gran esfuerzo en el momento. El esfuerzo es el que llevamos juntado del
sufrimiento del temor, pero no esperábamos que fuese suficiente. Y nos
sorprendemos. Donde pensábamos que íbamos a encontrar un ataque de ansiedad,
hay una sonrisa de superación. Porque hemos podido, porque nos sentimos bien.
Somos grandes.
Nos encontramos en la situación que tanto temíamos, cara a
cara con nuestra fobia. Y la superamos, y nos damos cuenta de que somos
estúpidos. Y así todos. Porque un tanto por ciento de nosotros es estupidez, y
ahora un poco menos. La mitad de nuestros problemas están en nuestra mente, en
nuestras cabezas; lamentablemente solemos darnos cuenta tarde.
Sólo te robaré un minuto. Cierra los ojos, inspira, expira
fuerte y ábrelos. Ahora piensa, ¿tienes algún problema, alguna fobia? Intenta
solucionarlo con la mente, imagina como lo solucionarías en la realidad. La
respuesta no es esa. La respuesta no es actuar como en tu imaginación, no es
hacer lo que piensas que debes hacer. No del todo. La respuesta es darte cuenta
de que es una gran estupidez, de que es como ese pequeño bicho que es mil veces
menos peligroso que tú, pero al que le tienes miedo. Un detalle ínfimo.
Eres más grande que tus problemas y
tus fobias, deberías demostrártelo a ti mismo.
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