Comienzo el año de rojo, no como Cristina Pedroche. Me busco en el espejo y creo encontrarme cuando otros me dicen: "te veo distinta" y qué sabrán ellos de distinguir, qué sabrán ellos de distinción.
Hoy los niños son mucho más espabilados, manejan móviles y vocabulario obsceno con diez años, pero siguen creyendo en los Reyes Magos.
Recuerdo mi vida desmoronándose cuando, caminando cerca del ayuntamiento con seis años, mamá cedió ante tanta insistencia y nos lo confesó. Mi hermano, de ocho, lloró durante dos días. Yo tenía el corazón roto por primera vez.
Y aquí estoy, con el regalo que le he comprado a mamá entre mis manos y un débil rencor latente que se difumina porque te quiero, porque te amo, mamá.
¿Qué será de mí este año, con mi mayoría de edad, mi sueños sin cumplir, desnuda de propósitos y sin ganas de subirme a los pocos trenes que se paran aunque sea unos segundos a esperarme? Me imagino mi cuenta atrás, treinta y cinco días, ¿qué he hecho hasta ahora? He sido tan poco impulsiva, tan poco trágica. Me recuerdo siendo una cría en el parque de la Seara donde no quería subirme a no sé qué cosa por miedo a romperme la cabeza.
Me han faltado besos, me ha faltado el amor típico y no tan típico de verano, me ha faltado estar colocada con mis amigas de madrugada, me ha faltado bailar, me ha faltado alcohol, joder, ¿quién puede decir eso a estas alturas?
A mi edad los Reyes regalan resacas en vez de carbón. Yo les pido un buen año con un puñado de sorpresas agradables que me proporcionen aire fresco, risas de las que ahogan, conocimiento a base de experiencia y mucho, mucho amor que me empalague en secreto.
Yo ponía agua a vuestros camellos y mi padre me hacía el favor de bebérsela...
Ojalá los Reyes de España fuesen imaginarios y no los de Oriente. ¿Qué pintan los Reyes en mi texto? Lo mismo que monarcas en el país.
Traedme algo de musa, por favor. Demasiados ya parecen un cine de sesión continua.
Despacio.Nunca es demasiado tarde, nunca un texto es demasiado largo, nunca hay demasiada prisa.Encuentra el olor, el sabor, la imagen. Encuentra el mensaje.Escribo mi película, tú lees mis líneas y ves la tuya.
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sábado, 10 de enero de 2015
domingo, 30 de noviembre de 2014
Arte feita polo subconsciente
Él está en el vestuario en pijama. (¿Qué dices? ¿Es el límite de tu imaginación? ¿Lo primero que se te ha pasado por la cabeza?)
Quiere decir lo que siente, quiere y tiene pero no puede. (¿Es a mí?)
En mi cabeza, como Raña diciéndome cómo tengo que escribir.
¿Dónde están mis amigas? ¿Qué coño estarán haciendo? Meg en mi pecho como mocos en los bronquios de mi hermano, como en los míos muy pronto. Meg e Inglaterra me gritan catársis y este frío instalado en nuestro organismo de defensas bajas tiene muy poco que ver.
Esta foto es bonita, no parecemos hermanos, sonreímos, posamos, mis labios se ven más rojos.
Oye Dios, él está aquí con ella, ¿cuándo me traes un novio para mí?
Fatiga emocional. Si no logras concentrarte dicen que quizás tengas TDA. Vete al médico, te renovarán la excusa. (Godar y mi libro de historia... Muriel, ¿lo has leído? Escribo con el bolígrafo de Marco mientras mi respiración canta...)
Es quizá como cuando estaba leyendo Plenilunio, hice una pausa, fui al estudio y, sentada, giré la cabeza y allí, en un disco, estaba escrito: "Plenilunio". Siempre me pasa. Me centro en algo, lo veo por todas partes.
Corrijo mis textos surrealistas, intento leer El malestar de la cultura de Freud. E aínda haberá algún que mo escriba no exame como o supermercado Froiz. Y digo intento porque el instituto nos ata una soga al cuello.
Para futuras máquinas obedientes está bien, pero mírame, estoy inquieta, tengo dos piernas, virtudes y problemas, te voy a dedicar una parte de mi tiempo que nunca será suficiente. Ya pasé mi etapa de ver Rebelde Way y lo que conlleva; ahora otros ven basura grabada en Valencia. Pero sin el instituto quién cojones sería, qué cojones haría. (Por tantas cosas y tantas otras... En fin, que al final la balanza elige un lado y se inclina.)
Gritos, es mi padre, mañana más, mañana más... Puto inútil...
Lloro mientras conservo las ganas de que no viva más años, mientras lloro pensando en que le quiero, en que quizá no sea para tanto, en el asco que le tengo, en el impedimento, en el joder, me estás matando; en el experimento, ya está, ya ha pasado, fundido en negro, se terminó, descansa, abre los ojos si todo ha sido un mal sueño...
Quiere decir lo que siente, quiere y tiene pero no puede. (¿Es a mí?)
En mi cabeza, como Raña diciéndome cómo tengo que escribir.
¿Dónde están mis amigas? ¿Qué coño estarán haciendo? Meg en mi pecho como mocos en los bronquios de mi hermano, como en los míos muy pronto. Meg e Inglaterra me gritan catársis y este frío instalado en nuestro organismo de defensas bajas tiene muy poco que ver.
Esta foto es bonita, no parecemos hermanos, sonreímos, posamos, mis labios se ven más rojos.
Oye Dios, él está aquí con ella, ¿cuándo me traes un novio para mí?
Fatiga emocional. Si no logras concentrarte dicen que quizás tengas TDA. Vete al médico, te renovarán la excusa. (Godar y mi libro de historia... Muriel, ¿lo has leído? Escribo con el bolígrafo de Marco mientras mi respiración canta...)
Es quizá como cuando estaba leyendo Plenilunio, hice una pausa, fui al estudio y, sentada, giré la cabeza y allí, en un disco, estaba escrito: "Plenilunio". Siempre me pasa. Me centro en algo, lo veo por todas partes.
Corrijo mis textos surrealistas, intento leer El malestar de la cultura de Freud. E aínda haberá algún que mo escriba no exame como o supermercado Froiz. Y digo intento porque el instituto nos ata una soga al cuello.
Para futuras máquinas obedientes está bien, pero mírame, estoy inquieta, tengo dos piernas, virtudes y problemas, te voy a dedicar una parte de mi tiempo que nunca será suficiente. Ya pasé mi etapa de ver Rebelde Way y lo que conlleva; ahora otros ven basura grabada en Valencia. Pero sin el instituto quién cojones sería, qué cojones haría. (Por tantas cosas y tantas otras... En fin, que al final la balanza elige un lado y se inclina.)
Gritos, es mi padre, mañana más, mañana más... Puto inútil...
Lloro mientras conservo las ganas de que no viva más años, mientras lloro pensando en que le quiero, en que quizá no sea para tanto, en el asco que le tengo, en el impedimento, en el joder, me estás matando; en el experimento, ya está, ya ha pasado, fundido en negro, se terminó, descansa, abre los ojos si todo ha sido un mal sueño...
sábado, 18 de octubre de 2014
Otoño: Mente, menta y metal...
Me elevo. Siento la necesidad de verbalizarme atenuándose con el cálido alivio de los grumos bajo la lengua, dejando un amargo sabor en el paladar. El agua tibia, encharcando el estómago. Entonces me callo y pienso un poco menos, siento un poco menos. Quizá no se pueda pensar más, sentir más. Creía que me sangraba el corazón en el pecho. Me sangraba el estómago.
Y ya estamos en octubre, pronto estaremos en diciembre. Hace un instante estaba desmoralizándome un lunes y en pocas horas amanecerá un viernes más. Algo va mal cuando ni un viernes ni dos reparan la conciencia, el cuerpo, el aguante y el ánimo. Tumbada en la cama, los pies en la almohada, recién salida del ascensor me persigue y me alcanza la duda: "¿Es ésta la vida que quiero vivir?"
Y si no, ¿qué otra? Empiezo a coger confianza con mis nervios, los acepto. Madrugar me molesta los primeros quince segundos. Hay personas en el aula por las que merece la pena asistir a clase. Personas a las que he visto crecer y que me han visto crecer a mí, que tan sólo necesitan una mirada para saber qué se me pasa por la cabeza o qué se me ha atravesado en el estómago. Yo también necesito una única mirada para descifrar los misterios de mis dos parejas de ojos claros favoritos.
Llueve mucho, demasiado, las calles están inundadas y yo bajo hacia mi próxima parada con la firme decisión de no resbalar. Pero lo importante no es resbalar, no es caerse, no es hacerse daño. Si la calle estuviese desierta, si no hubiese absolutamente nadie acompañándome, quizá me tumbase en el suelo, mojado, fresco, con las manos detrás de la nuca, párpados suavemente bajados, escuchando la lluvia que no me roza, esperando por Godar y mi libro de historia. Llego, llega. No nos conocemos, no nos vamos a conocer. Escucho su voz y mantengo el pensamiento de que el suyo sería un buen apellido para mis hijos. Pero no hay hijos, no hay amor, no hay trasfondo en mi propio guión de teatro que me entretiene hasta casa. Tan sólo un libro de historia, un chubasquero rojo y mucha lluvia.
"¿Es esta la vida que quiero vivir?"
Pellizco mi piel en busca de aguante. Quedan seis horas, tres exámenes, dos exposiciones, una llamada de atención. Hazte con todos: la pareja, la carrera, el trabajo y el dinero insatisfactorio. Quedan 192 tardes de estudio, 97 de estrés y ninguna escapatoria blanca. Si no es esto, ¿qué es? Si no es la carrera, ¿qué es?
Sentada en el aula me siento como un pájaro de alas rotas. La información entra y sale de mi cerebro en la misma pareja de segundos. Veo a mis compañeros agobiados, dedicando un sí rotundo a esta vida, un 'sí, quiero' al trabajo, al esfuerzo y al estrés, convencidos de que simplemente tiene que ser así. Quizá tengan un motivo. Yo sólo quiero estar en paz, que me inunde la paz en el pecho... La puta tranquilidad.
Y no lo hace. No es esta la vida que quiero vivir.
Pero veo a mi madre, llama mi abuelo, vuelve mi hermano y vuelo con mis mujeres a medias mientras recuerdo los días en los que parecía que este presente nunca iba a llegar. Entonces me acuesto y, con la cabeza en la almohada y los pies siempre alejados del suelo, pienso: "Y si no es ahora, ¿cuándo?"
"Y si no es esta vida, ¿cuál es?"
Y ya estamos en octubre, pronto estaremos en diciembre. Hace un instante estaba desmoralizándome un lunes y en pocas horas amanecerá un viernes más. Algo va mal cuando ni un viernes ni dos reparan la conciencia, el cuerpo, el aguante y el ánimo. Tumbada en la cama, los pies en la almohada, recién salida del ascensor me persigue y me alcanza la duda: "¿Es ésta la vida que quiero vivir?"
Y si no, ¿qué otra? Empiezo a coger confianza con mis nervios, los acepto. Madrugar me molesta los primeros quince segundos. Hay personas en el aula por las que merece la pena asistir a clase. Personas a las que he visto crecer y que me han visto crecer a mí, que tan sólo necesitan una mirada para saber qué se me pasa por la cabeza o qué se me ha atravesado en el estómago. Yo también necesito una única mirada para descifrar los misterios de mis dos parejas de ojos claros favoritos.
Llueve mucho, demasiado, las calles están inundadas y yo bajo hacia mi próxima parada con la firme decisión de no resbalar. Pero lo importante no es resbalar, no es caerse, no es hacerse daño. Si la calle estuviese desierta, si no hubiese absolutamente nadie acompañándome, quizá me tumbase en el suelo, mojado, fresco, con las manos detrás de la nuca, párpados suavemente bajados, escuchando la lluvia que no me roza, esperando por Godar y mi libro de historia. Llego, llega. No nos conocemos, no nos vamos a conocer. Escucho su voz y mantengo el pensamiento de que el suyo sería un buen apellido para mis hijos. Pero no hay hijos, no hay amor, no hay trasfondo en mi propio guión de teatro que me entretiene hasta casa. Tan sólo un libro de historia, un chubasquero rojo y mucha lluvia.
"¿Es esta la vida que quiero vivir?"
Pellizco mi piel en busca de aguante. Quedan seis horas, tres exámenes, dos exposiciones, una llamada de atención. Hazte con todos: la pareja, la carrera, el trabajo y el dinero insatisfactorio. Quedan 192 tardes de estudio, 97 de estrés y ninguna escapatoria blanca. Si no es esto, ¿qué es? Si no es la carrera, ¿qué es?
Sentada en el aula me siento como un pájaro de alas rotas. La información entra y sale de mi cerebro en la misma pareja de segundos. Veo a mis compañeros agobiados, dedicando un sí rotundo a esta vida, un 'sí, quiero' al trabajo, al esfuerzo y al estrés, convencidos de que simplemente tiene que ser así. Quizá tengan un motivo. Yo sólo quiero estar en paz, que me inunde la paz en el pecho... La puta tranquilidad.
Y no lo hace. No es esta la vida que quiero vivir.
Pero veo a mi madre, llama mi abuelo, vuelve mi hermano y vuelo con mis mujeres a medias mientras recuerdo los días en los que parecía que este presente nunca iba a llegar. Entonces me acuesto y, con la cabeza en la almohada y los pies siempre alejados del suelo, pienso: "Y si no es ahora, ¿cuándo?"
"Y si no es esta vida, ¿cuál es?"
sábado, 13 de septiembre de 2014
Agosto me pierde, en septiembre estoy perdida...
Busco la belleza en unos ojos distintos a los míos porque, siendo de las personas que no somos capaces de valorar nuestra propia belleza, la acabo buscando en ojos ajenos y encontrándola en unos que se parecen a los míos, refugiándome inconscientemente en la esperanza de llegar a quererme lo mismo.
Nunca me verás con los labios pintados, sin ojeras y con el pelo perfectamente peinado. Soy más de rendirme al quinto nudo que encuentre el peine y cuantas más horas duermo, más probabilidades hay de que te mantenga la mirada.
Tengo la manía de levantarme tarde, llegar tarde, comer tarde, dormir tarde. La de beber café por las mañanas aunque sienta que me perfora el estómago. La de cabrearme conmigo misma y pagarlo con mi productividad o con los demás. La de planear más de lo que puedo llegar a hacer. Las tengo todas.
Me gusta no preocuparme nunca más de mis uñas como antes, arreglármelas con los dientes.
Me enciende tu mirada fría y tu apariencia imperturbable que se deshace cuando te trato como si no quisieses parecer el lobo de Caperucita. Digo y hago cualquier tontería con tal de no tener que soportar una de tus preguntas dulces, cargadas de buenas intenciones.
Rezo sin creer ni en mí para que a alguien le atraiga mi desencanto como a mí el ajeno. Después de minutos y más minutos frente al espejo me rindo y sigo teniendo esta cara de sueño que no se me quita ni con esas once horas que duermo del tirón cada sábado.
Saboreo el vértigo que siento cuando veo cómo los que siempre estuvieron cerca ahora tienen que irse, cómo se van a estudiar fuera aquellos con los que compartí un lugar, cómo mis amigas están tan cerca del volante, como le sucedió a nuestros hermanos y nuestra incredulidad era la misma. Ahora esos hermanos estudian o trabajan o lo intentan y este vértigo me sigue acompañando y es, precisamente, lo que me hace sentir viva...
Nunca me verás con los labios pintados, sin ojeras y con el pelo perfectamente peinado. Soy más de rendirme al quinto nudo que encuentre el peine y cuantas más horas duermo, más probabilidades hay de que te mantenga la mirada.
Tengo la manía de levantarme tarde, llegar tarde, comer tarde, dormir tarde. La de beber café por las mañanas aunque sienta que me perfora el estómago. La de cabrearme conmigo misma y pagarlo con mi productividad o con los demás. La de planear más de lo que puedo llegar a hacer. Las tengo todas.
Me gusta no preocuparme nunca más de mis uñas como antes, arreglármelas con los dientes.
Me enciende tu mirada fría y tu apariencia imperturbable que se deshace cuando te trato como si no quisieses parecer el lobo de Caperucita. Digo y hago cualquier tontería con tal de no tener que soportar una de tus preguntas dulces, cargadas de buenas intenciones.
Rezo sin creer ni en mí para que a alguien le atraiga mi desencanto como a mí el ajeno. Después de minutos y más minutos frente al espejo me rindo y sigo teniendo esta cara de sueño que no se me quita ni con esas once horas que duermo del tirón cada sábado.
Saboreo el vértigo que siento cuando veo cómo los que siempre estuvieron cerca ahora tienen que irse, cómo se van a estudiar fuera aquellos con los que compartí un lugar, cómo mis amigas están tan cerca del volante, como le sucedió a nuestros hermanos y nuestra incredulidad era la misma. Ahora esos hermanos estudian o trabajan o lo intentan y este vértigo me sigue acompañando y es, precisamente, lo que me hace sentir viva...
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