Despacio.Nunca es demasiado tarde, nunca un texto es demasiado largo, nunca hay demasiada prisa.
Encuentra el olor, el sabor, la imagen. Encuentra el mensaje.
Escribo mi película, tú lees mis líneas y ves la tuya.

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sábado, 18 de octubre de 2014

Otoño: Mente, menta y metal...

Me elevo. Siento la necesidad de verbalizarme atenuándose con el cálido alivio de los grumos bajo la lengua, dejando un amargo sabor en el paladar. El agua tibia, encharcando el estómago. Entonces me callo y pienso un poco menos, siento un poco menos. Quizá no se pueda pensar más, sentir más. Creía que me sangraba el corazón en el pecho. Me sangraba el estómago.

Y ya estamos en octubre, pronto estaremos en diciembre. Hace un instante estaba desmoralizándome un lunes y en pocas horas amanecerá un viernes más. Algo va mal cuando ni un viernes ni dos reparan la conciencia, el cuerpo, el aguante y el ánimo. Tumbada en la cama, los pies en la almohada, recién salida del ascensor me persigue y me alcanza la duda: "¿Es ésta la vida que quiero vivir?"
Y si no, ¿qué otra? Empiezo a coger confianza con mis nervios, los acepto. Madrugar me molesta los primeros quince segundos. Hay personas en el aula por las que merece la pena asistir a clase. Personas a las que he visto crecer y que me han visto crecer a mí, que tan sólo necesitan una mirada para saber qué se me pasa por la cabeza o qué se me ha atravesado en el estómago. Yo también necesito una única mirada para descifrar los misterios de mis dos parejas de ojos claros favoritos.

Llueve mucho, demasiado, las calles están inundadas y yo bajo hacia mi próxima parada con la firme decisión de no resbalar. Pero lo importante no es resbalar, no es caerse, no es hacerse daño. Si la calle estuviese desierta, si no hubiese absolutamente nadie acompañándome, quizá me tumbase en el suelo, mojado, fresco, con las manos detrás de la nuca, párpados suavemente bajados, escuchando la lluvia que no me roza, esperando por Godar y mi libro de historia. Llego, llega. No nos conocemos, no nos vamos a conocer. Escucho su voz y mantengo el pensamiento de que el suyo sería un buen apellido para mis hijos. Pero no hay hijos, no hay amor, no hay trasfondo en mi propio guión de teatro que me entretiene hasta casa. Tan sólo un libro de historia, un chubasquero rojo y mucha lluvia.
"¿Es esta la vida que quiero vivir?"
Pellizco mi piel en busca de aguante. Quedan seis horas, tres exámenes, dos exposiciones, una llamada de atención. Hazte con todos: la pareja, la carrera, el trabajo y el dinero insatisfactorio. Quedan 192 tardes de estudio, 97 de estrés y ninguna escapatoria blanca. Si no es esto, ¿qué es? Si no es la carrera, ¿qué es?
Sentada en el aula me siento como un pájaro de alas rotas. La información entra y sale de mi cerebro en la misma pareja de segundos. Veo a mis compañeros agobiados, dedicando un rotundo a esta vida, un 'sí, quiero' al trabajo, al esfuerzo y al estrés, convencidos de que simplemente tiene que ser así. Quizá tengan un motivo. Yo sólo quiero estar en paz, que me inunde la paz en el pecho... La puta tranquilidad.
Y no lo hace. No es esta la vida que quiero vivir. 
Pero veo a mi madre, llama mi abuelo, vuelve mi hermano y vuelo con mis mujeres a medias mientras recuerdo los días en los que parecía que este presente nunca iba a llegar.  Entonces me acuesto y, con la cabeza en la almohada y los pies siempre alejados del suelo, pienso: "Y si no es ahora, ¿cuándo?"
"Y si no es esta vida, ¿cuál es?"

sábado, 13 de septiembre de 2014

Agosto me pierde, en septiembre estoy perdida...

Busco la belleza en unos ojos distintos a los míos porque, siendo de las personas que no somos capaces de valorar nuestra propia belleza, la acabo buscando en ojos ajenos y encontrándola en unos que se parecen a los míos, refugiándome inconscientemente en la esperanza de llegar a quererme lo mismo.

Nunca me verás con los labios pintados, sin ojeras y con el pelo perfectamente peinado. Soy más de rendirme al quinto nudo que encuentre el peine y cuantas más horas duermo, más probabilidades hay de que te mantenga la mirada.

Tengo la manía de levantarme tarde, llegar tarde, comer tarde, dormir tarde. La de beber café por las mañanas aunque sienta que me perfora el estómago. La de cabrearme conmigo misma y pagarlo con mi productividad o con los demás. La de planear más de lo que puedo llegar a hacer. Las tengo todas.

Me gusta no preocuparme nunca más de mis uñas como antes, arreglármelas con los dientes.
Me enciende tu mirada fría y tu apariencia imperturbable que se deshace cuando te trato como si no quisieses parecer el lobo de Caperucita. Digo y hago cualquier tontería con tal de no tener que soportar una de tus preguntas dulces, cargadas de buenas intenciones.

Rezo sin creer ni en mí para que a alguien le atraiga mi desencanto como a mí el ajeno. Después de minutos y más minutos frente al espejo me rindo y sigo teniendo esta cara de sueño que no se me quita ni con esas once horas que duermo del tirón cada sábado.

Saboreo el vértigo que siento cuando veo cómo los que siempre estuvieron cerca ahora tienen que irse, cómo se van a estudiar fuera aquellos con los que compartí un lugar, cómo mis amigas están tan cerca del volante, como le sucedió a nuestros hermanos y nuestra incredulidad era la misma. Ahora esos hermanos estudian o trabajan o lo intentan y este vértigo me sigue acompañando y es, precisamente, lo que me hace sentir viva...

domingo, 3 de agosto de 2014

A mi hermano, el que emigra.

Aún hay cuatro sillas en la mesa y nos empeñamos en decir que una es para invitados. Mamá anhela tu vuelta desde el día en que te fuiste y desea lo mejor para ti mientras no estés aquí. Quiere que te comas el mundo, confía en ti. Intenta callar una voz interior que le dice que si no te va del todo bien, volverás. Intenta callarla pero yo la escucho. Sé que durante unos instantes le gusta esa idea, pero enseguida la cambia por ese otro pensamiento que dice "lo que tenga que ser, será y será bienvenido" y volvemos a respirar paz y rutina, el oxígeno particular de nuestro hogar.

Hace ya cinco meses que te fuiste. Los recuerdos no me hacen daño y por extraño que parezca no te extraño tanto como para que me dañe tu recuerdo y ausencia. Ambos sabemos que nos llevamos mejor separados, sin gritos ni peleas y es que, al no estar aquí, puedo contarte mis días y sentir que los comprendes mejor que nadie.
Me da miedo esto de quererte lejos con la excusa de querer quererte más. Siento que te quiero pero no te necesito. Ya nadie vacía la nevera ni me arrebata la inspiración con música de pocas luces en la pista y pocas luces en la cabeza. Ya nadie hace ruido, tampoco compañía, pero hay que elegir. La vida sin ti es más cómoda, pero sólo más cómoda. Supe afrontar el cambio: una infancia y media adolescencia contigo, me toca vivir la otra media sin ti.

Nos estamos acostumbrando a que todos a nuestro alrededor tengan que irse, a buscarnos la vida fuera de aquí. Cada vez nos lo ponen más fácil, baja el precio del roaming, nos hacemos Skype y nos sentimos cerca. Nos comunicamos más por Internet que en persona. Es lo que más me entristece, el retorcimiento del uso. Tengo amigas que viven a una manzana de aquí y nos hablamos más por WhatsApp que a la cara. Algunos se van un año a estudiar fuera y ni se nota.
Volvamos a lo que somos, sentados en un banco o en un bar, pero mirándonos a los ojos. Parece mentira, pero echo de menos mirar y no ver letras y, aunque me cueste admitirlo, sé que no es lo único que echo de menos.

domingo, 29 de junio de 2014

En otro intento de ordenar mi cabeza.

Estoy bloqueada, algo me obliga a ponerle freno a la inspiración que intenta tocarme, a la creatividad que intenta salir a la superficie. No escribas, mañana tienes un examen. No escribas, ya son las dos de la mañana. No escribas, llegarás tarde.
No escribas.
Estoy harta, cansada, necesito reponer combustible. Estoy triste. ¿Lo estoy? Suena tan débil, tan "necesito que alguien me cuide", que alguien me abrace...
Sólo necesitaba esto. Llorar silencio. Escribir un poco.
Qué soy, qué es esto.
Y escribo y no siento nada. No siento alivio, no siento euforia. No me siento bien. Escribo y escribo mierda.

No sé cuándo conseguiré lo que me propongo, si lo que me propongo provoca mi debate interno entre si debo seguir escribiendo o si debo intentar dormir. Me apasiona la primera idea, pero estoy cansada y me aterroriza pensar que si nada bueno sale de aquí, mi noche será peor de lo que ya me esperaba. La segunda opción, dormir sin más... Me paso las horas esperando algo que no llega, algo que ni si quiera sé lo que es. Es como si buscase algo que me sorprenda, que me entretenga y me provoque un gran entusiasmo. Como una buena noticia, una de las grandes...
Pero nunca llega.
Estoy pensando en quienes me rodean habitualmente. Qué ocultan, qué sienten, hasta qué punto están bien. Qué pensamientos tienen hacia mí.
A veces intento mirarles a los ojos y jugar a que sé lo que hay detrás. Simplemente me gustaría que alguien me hablase con el corazón en la mano por una vez; ¿por qué tenemos miedo a que descubran quiénes somos?
También están ese tipo de personas enigmáticas cuya voz apenas conoces pero cuya sonrisa lleva tu nombre (aunque no sea el único) y el propósito de mejorar tu día. Esas personas que no tienen un atractivo especial ni físico ni intelectual, pero que sientes que podrían valer oro. Son expectativas y velos de apariencias que se acaban rompiendo como medias finas. A veces para mal, otras para bien.
Imagínate el mundo sin expectativas. Sería como no vivir en él...